martes, 16 de diciembre de 2008

ARTICULO "LOS CATASTROFISTAS DE LA FIESTA* " Escribe Jaime de Rivero

LOS CATASTROFISTAS DE LA FIESTA
Por Jaime de Rivero 

(Un extracto fue publicado en la revista "Ole y Olé"  en el año 2008)

Muchos cronistas y aficionados han sucumbido ante el impulso pesimista y agorero que los conduce a denunciar la decadencia de la fiesta y su pronta desaparición. Siempre apelando a un pasado glorioso en el que, supuestamente, se gozaba de una grandeza que ya no existe más En distintas épocas se ha dicho que los toros ya no son como los de antes, que ya no se pica, no se torea y que todo es un remedo de lo que alguna vez fue un portentoso espectáculo.  

En un artículo de 1996, publicado en la revista 6 Toros 6, el periodista José Carlos Arévalo definió al aficionado catastrofista como "aquel que basa su prestigio en decir a los demás que ya nada vale la pena, que la fiesta no es la que fue, ni los toreros tienen valor, ni el público el menor conocimiento ni, por supuesto, los toros el más mínimo peligro".  En este discurso se idealiza el pasado, generalmente deformado por el transcurso del tiempo y la fragilidad de la memoria. 

Como veremos más adelante, el catastrofismo no es una tendencia nueva ni moda pasajera. Por el contrario, ensayo que el catastrofismo es un componente propio de la fiesta de los toros, tan añejo como sus aficionados que, especialmente, resurge vigoroso en etapas de mayor auge. 

En 1900, el periodista Mariano del Todo y Herrero escribió en la revista española La Lidia: “De aquí la espantosa decadencia del espectáculo. Todos los toreadores que hoy subsisten como no tienen excepcionales condiciones de lidiador que a Guerra, adornan, hacen el espectáculo una parodia y de la plaza un continuo herradero, convirtiendo a las corridas de toros en insoportables capeas”.

En los tiempos dorados de Joselito y Belmonte, Don Ventura dijo en España: “Las corridas de toros por lo que al factor principal se refiere, han degenerado tanto que llevan camino de venir a parar en ridícula parodia. Los toreros quieren chotos sin fibra, sin nervio, que lleguen a sus manos muertos por los picadores.”

En los sesentas, Antonio Díaz Cañabate escribió: “Mala época me ha tocado historiar (…) la fiesta de los toros insípida, lo que nos quedaba por ver! ¡Lo soso en vez de lo gallardo! Las mujeres y los turistas en el sitio de los aficionados!  (…) van a ellas como quien acude a un circo, porque, en verdad, de circo es el espectáculo.” 
Veinte años después el viejo “Cañas” diría: “Es un deber constatar la mediocridad y decadencia de esta última época de la tauromaquia”. Posteriormente, continuarían este discurso, con mayor influencia, Alfonso Navalón y Joaquín Vidal.

Al parecer, para algunos crónistas y revisteros de ayer y de hoy, la fiesta siempre ha estado en decadencia. En todas las épocas ha habido quienes la colocan al borde del colapso o extinción, demostrando como constante que el tiempo añorado por unos, era denostado por otros.

En el Perú, el catastrofismo también ha estado presente en la crítica taurina y entre algunos aficionados. Hace poco, un amigo que fue abonado de muchos años de la plaza de Acho, me comentó que se había alejado porque ni los toros ni los toreros tenían el pendón de aquellos que había visto décadas atrás.

Curiosamente en 1942 cuando este amigo se iniciaba en la afición, Raúl Aramburú Raygada “Muletazos”, escribía en el diario La Prensa: “La verdadera afición a los toros ya no existe en Lima. Actualmente se llenan los tendidos de Acho de snobs. Aquella afición de la época del padre de mi colega y del mío, pasó a la historia”.

En 1944, el gran aficionado Francisco Graña Reyes opinó en la revista Acho: “Creo que los aficionados de antes eran menos numerosos pero estaban mejor enterados del arte y poseían sincero fervor que los de hoy.”

También en 1944, en el ocaso de su vida, el crítico taurino del diario El Comercio, Fausto Gastañeta “Que se vaya”, expresó su malestar: “Antiguamente se lidiaban toros, actualmente no se lidian toros, sino bichos insignificantes (...)  Creo que el toreo que se practicaba antaño era más honrado, entre el toreo de antaño y hogaño exista la enorme diferencia de que antes se toreaban  toros y ahora se torean bichos que se caen solos...”

Sin embargo, en las crónicas de la época gloriosa invocada por estas tres personalidades, encontramos que en 1916, Daniel Ramírez Puente “Frescuras”, en la revista peruana Toros y Toreros sentenciaba : “Una de las pruebas más contundentes de la actual decadencia del arte es la facilidad con que los Cúchares modernos hacen uso de las ventajas, siempre iguales cualquiera sea la condición del toro que lidia”.

Sorprende de mayor manera que, por esos años, sobre la temporada taurina de 1909, el mismo Fausto Gastañeta haya afirmado:“Yo no pretendo comparar el público de Madrid con el de Lima, sería ridículo; porque todo lo que tiene aquel de inteligente, imparcial y digno, lo tiene éste de ignorante y amoroso”. Es decir, en 1944, Gastañeta añoraba un tiempo anterior, que sorprendentemente él también criticó negativamente en su momento.

Como colofón, en las épocas invocadas por Gastañeta y Frescuras, en las que según ellos el toreo si era de verdad, el crítico del diario El Tiempo, Ismael Portal "Duque de Veragua" en el libro Fiesta Española publicado en 1892, afirmó sobre las corridas de aquel año en la plaza de Acho: "lo que recuerdo de 20 años a la fecha no me deja la más ligera duda de que el espectáculo taurino ha ido en gradual decadencia. Ahora lo que debemos procurar los aficionados a él, es que no continúe su descenso."  

Si nos guiáramos por las opiniones recogidas, que abarcan más de 130 años de actividad taurina en Acho, se podría aseverar que la fiesta ha estado en decadencia constante. Lo cual es un absurdo. Por eel contrario en ese lapso, ha ocurrido una evolución enorme y una mejoría indiscutible que lo más probable que aquellos no hayan percibido por la poca atención que la crítica  taurina le ha dado a este asunto, más enfocada en idealizar a los toreros y ganaderos, sin atender otros asuntos como la técnica de torear que es el cambio notable entre las distintas formas de torear que se han dado en esos 130 años, no solo en Acho, sino en España. 

Idealizar el pasado es habitual para el ser humano. La sicología lo llama "retrospección idílica" y lo define como el proceso que conduce a juzgar el pasado de una manera mas positiva a como se juzga el presente. La memoria selecciona lo positivo y omite detalles negativos al almacenar los recuerdos, es un mecanismo natural de autodefensa que permite al hombre sobre llevar mejor situaciones de impacto emocional y aliviar el momento presente. 

En el catastrofismo se conjuga la retrospección idílica con la irregularidad del espectáculo taurino, que se deriva del impredecible juego de los toros. Tardes buenas y malas siempre han habido y habrán. Público bueno y malo también ha habido en todas las plazas, sólo que cada una posee identidad propia (pero eso es otro asunto). Además, plantear una opinión seria, que posea estructura razonada y fundamentos es dificil y exigente, mientras que regodearse en lo malo es mucho mas sencillo, está al alcance de todos y, por lo general, encubre una pobre cultura taurina. 

El catastrofismo es un recurso que ha tenido influencia notable en la crítica taurina de los últimos cincuenta años, al haber dado la apariencia –salvo algunas excepciones- de que todo hubiese andado mal.  

Por sus propios textos, es notorio que la inmensa mayoría de cronistas españoles no percibió la evolución de la tauromaquia durante el siglo XX, principalmente, en la selección y transformacion del toro de lidia y, consecuentemente, de la técnica de torear. Ambas transformaciones dieron lugar al toreo ligado en redondo, que propuso Joselito y que instituyó Manolete, que le da estructura a la faena moderna que hoy se hace en las plazas. 

Una auténtica revolución que fue definiendo la tauromaquía moderna, dejando atrás el toreo arcaico, recio y violento que dejaba caballos despansurrados por el ruedo, como también la lidia de expulsión sobre pies y las suertes rematadas por alto. 

Sin esa evolución  o transitar de la crudeza hacía la estética, la tauromaquía no habría sobrevivido a la segunda mitad del siglo anterior. 

Y los crónistas de la época, salvo Pepe Alameda, Guillermo Sureda y algunos pocos, ni se enteraron de los profundos cambiosa que ocurrían en sus narices. En contrasentido, se dedicaron a combatir las innovaciones apelando a conceptos arcaícos contenidos en tauromaquias desfasadas, que trataron de transpolar al toreo moderno, e imponerlas como dogmas de fe, con la consecuente colisión y desencuentro. Abundaron los tópicos y supuestos cánones, reminicencias clásicas y otros conceptos vanos que no coincidían con la nueva forma de torear, y se valieron de todo ello para denunciar la decadencia del espectáculo, haciéndole mucho daño.  

A Manolete se le tildó y atacó de torero perfilero porque la Tauromaquia Completa de Paquiro escrita en 1836 y otras de la época, señalaban que el torero debia citar de frente. Aquel postulado primitivo se formuló para el toreo elemental que se practicaba por entonces, sobre pies, por la cara, en el que el toro no siempre pasaba ni tampoco se ligaba dos suertes seguidas, menos por el mismo pitón. La proposición de Paquiro quedó desfasada cuando se impuso el toreo ligado en redondo (proceso que inicia Joselito y concluye Manolete, 1912-1946), en el que la colocación de perfil era necesaria para ligar el segundo muletazo y los siguientes, y formar series que, en los tiempos de Paquiro eran imposibles de soñar por el toro de entonces. Esto muchos no lo percibieron y arremetieron con injusta dureza contra Manolete.  

También se le tomó por oráculo a Domingo Ortega, que dio una célebre conferencia en el Ateneo de Madrid (1950), que se convirtió en un libro, en la que habló de parar, templar, cargar y mandar (probablemente siguiendo parte de lo dicho por Uno al Sesgo en los Ases del Toreo de 1926), algo que él nunca hizo, pues su tauromaquía sobre pies (y hay muchos videos) muchas veces buscando la cola de la res para girar y trazar un ocho, fue un rezago de la vieja lidia que primaba en el s. XIX, cuando no una propuesta personal que no inspiró ni caló en otros toreros. En esa exposición, Ortega refiere a conceptos clásicos que pretende recuperar para mantenerlos inmutables, lo que demuestra que se encontraba desfasado de la evolución en la técnica de torear, tanto o más como su tauromaquía, ya que Manolete había impuesto el toreo ligado en redondo ocho años antes de esa conferencia. 

Los dioses no le otorgaron ningún Ortega el poder de definir cómo se debe torear, menos si en el caso de Domingo nunca lo practicó. Y aún si lo hubiese hecho, el arte de torear es tan amplio y personal que no admite imposiciones ni ataduras de tal naturaleza, mucho menos si se encuentra en un periodo de profunda transformación.

En este zafarrancho de ideas y pareceres  anacrónicos combinados a espaldas de la evolución del toreo, también se encuentra el concepto de cargar la suerte, que proviene de las tauromaquias decimonónicas que, en algún momento, la crítica taurina de gabinete, principalmente, Gregorio Corrochano, impulsó a partir, aparentemente, de lo dicho por Domingo Ortega en el Ateneo, y manipuló a su saber y entender, para asimilarle aquello de adelantar la pierna contraria, y que otros después corrigieron como de "salida", cuando se dieron cuenta que si utilizaban la palabra "contraria" implicitamente convalidaban el toreo de perfil de Manolete que tanto aborrecían.  

Esta definición particular y dudosa que algunos cronistas otorgaron a cargar la suerte sirvió para atacar a los toreros que no eran de su agrado, y así se continua utilizando hasta nuestros días. No está en la tauromaquia de Paquiro, que si bien menciona cargar la suerte al citar de frente para el lance a la verónica, no contempla nada de adelantar la pierna, ni mucho menos la contraria. Tampoco lo dice al tratar las suerte de muleta. La tauromaquia de Amos Salvador (1908) refiere a desplazar al toro hacia afuera y que adelantar el pie es excepcional para los toros que se ciñen, y es que hay que tener presente que en la vieja lidia lo que se aplaudía el valor de dar pases sin rectificar, retroceder o huir por pies. De este modo, y con la suerte mayor, se medía entonces la actuación de un torero. El Gran Diccionario Tauromáquico de Sánchez Neira publicado en 1896, define escuetamente cargar la suerte, en términos totalmente distintos a los indicados por Paquiro. Y por otro lado, el diccionario taurino que aparece al inicio de la primera edición del Tomo 1 del Tratado Los Toros, de José María de Cossio, indica que cargar la suerte ocurre cuando se cita de perfil y se desplaza al toro con los brazos. Al igual que toda la bibliografía citada, no dice nada de las piernas, menos de la contraria, pues la característica principal de la vieja lidia era el toreo de expulsión en el embroque, resumido en esa vieja frase taurina "o te quitas tu, o te quita el toro". Lo contrario es el toreo moderno, que es de reunión en el embroque para poder ligar en redondo, por el mismo pitón. Podemos colegir, incluso, que cargar la suerte es un componente propio del toreo de expulsión que hoy ha desparecido, pues en el toreo de reunión no se echa al toro hacia afuera, por el contrario se busca juntarse con él para poder lograr el toreo en redondo.

Sin duda el término "cargar la suerte" ha sido manipulado en el tiempo, a diferencia por ejemplo, de lo referente a la suerte suprema, en que los tipos de ejecución y la colocación del estoque no han variado desde el s.XIX, salvo por la incorporación de la estocada desprendida que antes no existía, pues tan solo se contemplaba caida, baja y bajonazo. 

Aferrarse a conceptos inciertos, contrarios a la evolución y a la lógica elemental del toreo, o manipularlos, es caer en el saco de la intransigencia absurda, cuando no en el de la ignorancia disimulada.  

Los catastrofistas construyeron una versión idílica y falsa de la fiesta, una historia oficial, sobre la que Domingo Delgado de la Camara con acierto ha llamado "falsificación histórica de las corridas de toros", explicada en la introducción de Revisión del Toreo (2002), libro indispensable para entender la evolución del arte de torear y desconfiar de la inmensa mayoría de libros taurinos.

Por principio, no comparto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. La fiesta debe valorarse en su momento; los usos y costumbres varían con la evolución que no se detiene hasta hoy. La incertidumbre, las malas tardes y los malos toros son parte de su esencia; el público cuyo rol también es desatar la polémica, elemento propio e indispensable en la fiesta, también, y en todos ellos reside gran parte del misterio y atractivo de este arte. 

Por eso estoy seguro que en treinta años o antes se volverá a decir lo mismo, pero añorando la era de Ponce y El Juli que hoy algunos combaten, sin fundamentos  ni conocimientos cabables y profundos.

Mientras los toros puedan matar a los toreros –y esto no ha cambiado desde Pedro Romero hasta hoy- el espectáculo mantendrá su misticismo, y con él, vigencia y significado. Aún así, catastrofistas habrán siempre.

martes, 28 de octubre de 2008

CONFERENCIA: PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL, FIESTAS Y TRADICIONES LIMEÑAS

Conferencia sobre Patrimonio Cultural Inmaterial en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 

A través de su historia, las fiestas y festejos populares en Lima, unidas a las celebraciones religiosas han originado tradiciones que perduran hasta hoy y se manifiestan en diferentes expresiones como la gastronomía, la música y la danza, entre otras, las que constituyen un valioso patrimonio cultural inmaterial. Destacados especialistas nos hablarán de ellas desde diferentes perspectivas. 

La conferencia será dada por Octavio Santa Cruz, Flavio Solórzano, Luciano Revoredo y Jaime de Rivero el día Martes 28 de octubre de 2008, de 7 p.m. a 9:30 p.m. El ingreso es libre previa inscripción.

 

lunes, 3 de diciembre de 2007

ARTICULO REVISTA "OLE Y OLE": "ENRIQUE PONCE, LA MAESTRIA EN UNA FAENA HISTORICA"

Artículo sobre la faena del maestro Enrique Ponce, en la Feria del Señor de los Milagros de 2007, ante el toro "Artísta" de Bernaldo Quiros.


Por Jaime de Rivero B.

La plaza entera de pie le gritaba “Torero”, “Torero”, mientras paseaba las 2 orejas del toro de Bernaldo de Quirós, un manso con el que acababa de lograr una faena magistral, de las mejores que se hayan visto en la dos veces centenaria Acho. Enrique Ponce manda en esta fiesta desde hace 20 años, gracias a su dominio total sobre toda clase de toros como a su invariable regularidad. Nadie le ha podido igualar en todos estos años; tampoco en Lima, donde la afición ya le ha concedido el lugar preferente que compartieron Manzanares y “El Capea” durante los años setenta y ochenta.   

Por coincidencia o tal vez presagio, el toro se llamaba “Artista”. Era bajo, corto y ligero como suelen ser los toros del encaste saltillo. Aún así, unos cuantos despistados protestaron por su apariencia, ignorando que esas hechuras se ajustaban a las de su encaste. Desde que salió al ruedo, el animal mostró su condición de manso definitivo, alejándose de todo, merodeando las tablas y andando suelto y soso ante el llamado de los peones, quienes tuvieron que echar mano de recursos para fijarlo.   

La impaciencia ya colmaba los tendidos cuando el maestro tomó el percal para parar al toro donde fuera posible, siendo en los lances iniciales donde “Artista”, tímidamente revelaría la virtud de humillar con clase, muy abajo. 

Enrique Ponce debió ser uno de los pocos que la percibió y, quizás, el único que tuvo fe en ella.  Pero no sólo se requería fe, si no también mucha sabiduría, porque esta virtud remota se forjaba en una embestida muy incierta, de las que impiden completar las suertes y generan complicaciones en los toros. La solución se encontraba en ese talento que debía ser cultivado y desarrollado, para luego construir una faena hasta entonces, inimaginable e improbable.

A esta labor se consagró el maestro desde el inicio. Citó andando hacia atrás en todos los lances para estimular el interés del toro, desarrollar la fijeza y generar la confianza necesaria que lo haga repetir; a la vez, lo recibía adelante con el vuelo de su capote extendido, para llevarlo con mucho temple hasta el remate, atrás y a dos manos, enseñándole el largo camino que debía seguir su buena embestida. No hubo imposición ni lucimiento artístico, pero si una lidia inteligente, orientada a controlar y solucionar los problemas del manso.

Ante el picador, el animal acudió al relance, tomando una sola vara en la que empujó la cabalgadura sin emplearse del todo, para luego salir suelto hacia los medios reafirmando su escasa bravura. El matador no permitió más castigo y pidió  el cambio de tercio para no agotar las fuerzas del oponente.

Este planteamiento es propio de la tauromaquia de Enrique Ponce, en la que predomina la estrategia sobre el lucimiento estético. El no es un torero del primer tercio a pesar de su fino empaque; su repertorio es limitado, quizás cuatro o cinco suertes, y es muy moderado en los quites. Para él, los primeros tercios son de estudio y preparación, donde debe solucionar las dificultades de los toros. Sus largos capotes le sirven para controlar mejor las embestidas, a diferencia de los toreros “artistas” que prefieren capotes más pequeños. En su concepto, el toreo de capa no es un fin en si mismo, sino un medio, un instrumento de enseñanza y calibración supeditado al tercio final, en el que su prodigiosa muleta se apodera del toro como muy pocos lo han logrado jamás. Su arte  es la maestría de dominar con inteligencia y belleza.

Brindó en los medios cuando nadie lo esperaba y fue hacia el burel con la seguridad del que sabe. Inició la faena con series de doblones muy largos y templados, con la finalidad de extender al máximo sus embestidas, pero cuidando de rematar con suavidad para no quebrantarlo ni fustigarlo demasiado. El toro aceptó la propuesta y fue abandonando su defensivo comportamiento para entregarse a embestir, mientras el público comenzaba a disfrutar la transformación del toro por el maestro.   

Para evitar que el manso desarrolle querencias, el valenciano lo trasladó al extremo opuesto del ruedo, al pie de los tendidos de sol. Ahí realizó el toreo fundamental, por naturales  y  derechazos, llevándolo muy toreado, dándole tela hasta el final del viaje, sin separarle la muleta del hocico para sujetar la huida, y luego recoger la embestida para los pases siguientes. Las series fueron templadas, largas y profundas, lográndose más en cada una de ellas hasta torear con sentimiento y entrega, metiéndose al toro hacia adentro, codilleando y acompañándolo con el cuerpo para rematar en la cadera.

Una de las claves de la faena fue el temple con el que Enrique Ponce sometió la embestida del toro, hasta el punto de extraerle cualidades de bravura como la codicia y la repetición, que no mostraba en los tercios anteriores. El temple de Ponce es proverbial, pues le permite acompañar la embestida para luego tirar gradualmente hasta embobar al toro y convertirlo en un ente que sólo persigue la muleta. Aplicó el temple desde los primeros lances de capa, enseñándole a embestir para  enseñarle a embestir y luego exigirle progresivamente en sus acometidas, estructurando una faena completa y majestuosa. La suavidad y naturalidad de su toreo se impusieron sobre la desidia

Con el temple se forjaron las numerosas roblesinas y otros tantos circulares sucesivos que levantaron al público de sus asientos sin poder creer lo que veían. El temple también permitió la transmisión, aún cuando al final de algunas series el toro miraba o tendía a irse a tablas. 

Algunos aficionados han dicho que no hubo transmisión. Discrepo con ellos porque la transmisión se puede verificar casi objetivamente; está o no está presente. Bastaba ver al público de pie, vitoreando cada suerte en apoteosis para comprobar que la hubo. La transmisión contiene una cuota de peligro, pero también de estética, sabiduría, acometividad y otros componentes, sin que existan fórmulas ni medidas para alcanzarla. Es finalmente un estado de ánimo que prende en el sentimiento y se difunde en el corazón de la plaza, como ocurrió aquella tarde.

En alarde de valor y sabiduría, culminó su cátedra con unos doblones sensacionales con la rodilla en tierra, haciendo embestir muy despacio a un toro ya rajado y aplomado por el fragor de la lidia, para luego rematar con un pase de pecho largo y eterno ante el delirio de la plaza puesta en pie.

Cogió la espada y entró a matar en forma ejemplar, recto y por derecho, como se decía antiguamente, dejando una estocada corta, arriba y bien dirigida en el hoyo de las agujas. Los capotazos por alto hicieron los suyo, logrando con los derrotes profundizar el acero hasta envasar media espada, suficiente para hacerlo doblar. La afición en la plaza le otorgó las orejas, la puerta grande y todos los premios en juego.

Algunos han tratado de restarle valor a la faena, aduciendo que se mató de un pinchazo hondo. Aún cuando en realidad se trató de una estocada corta, la discusión deviene en irrelevante porque la ejecución de la suerte fue estupenda y la dirección de la espada perfecta. La suerte mayor se juzga por la ejecución, sin que resulte opacada por  defectos menores  en la ubicación del estoque, dado que también  intervienen factores aleatorios que determinan su posición.

Enrique Ponce fue el gran triunfador de esta feria. Esta faena, muy superior a la que le valió el rabo de “Halcón” en el 2000 y otras en ferias anteriores, ha sido un hito en la historia de la feria morada y una de las más memorables en los más de dos siglos que se llevan corriendo toros en Acho.

No obstante ello, unos días después y a espaldas de la afición, el Consejo Taurino con el alcalde del Rimac a la cabeza, declararon desierto el Escapulario de Oro. Esta infame decisión la justificaron en dos argumentos deplorables que no correspondían a la categoría de Acho ni a la de su trajinada afición.

El Consejo Taurino sostuvo que “Artista” no tuvo el trapio suficiente para ser lidiado en Acho, cuando ellos como autoridad dieron pase a la corrida y concedieron los apéndices. Consumados los hechos no es posible tachar a un toro por esa razón, menos castigar al torero triunfador. Así se arruina la reputación de la plaza, convirtiéndola en un circo en donde se actúa al antojo. Pero el mayor ridículo se hizo al señalar que  no se otorgó el Escapulario de Oro porque el toro fue manso. ¿Qué clase de conocimientos taurinos tienen estas personas para sostener tremendo disparate? El grado de bravura no es óbice para premiar la buena labor de un diestro en ninguna plaza del mundo. Grandes faenas se han hecho a bravos como a mansos, cada una con sus dificultades y méritos propios.

La incapacidad del Consejo Taurino fue tal que se tuvo que recurrir a un comité alterno para que ayude a tomar las decisiones. Además, sin necesidad alguna y a través de una nota de prensa, publicaron sus errados fundamentos, lo que fue percibido como la jactancia de la propia ignorancia. Estoy convencido que el silencio hubiera reducido en parte el enorme daño causado a nuestra Feria. 

El Consejo Taurino no puede estar integrado por quienes no conocen de toros ni por improvisados. El alcalde se equivocó al desaforar a las instituciones que participaban del anterior Consejo Taurino. Si se quería mayor representación de los aficionados, lo que es saludable, bien se pudo incrementar el número de integrantes del Consejo Taurino sin necesidad de desplazar a los anteriores que aportaban el conocimiento especializado. Al menos, no se habrían cometido tales barbaridades contra nuestra Feria.

jueves, 1 de noviembre de 2007

"EL ORIGEN DE LA TAUROMAQUIA" ARTICULO PUBLICADO EN LA REVISTA "OLE Y OLE"


Por Jaime de Rivero B.
 
La tauromaquia probablemente sea el arte más complejo y enigmático que subsiste en la actualidad. La corrida de toros es el rito que realiza uno de los mitos más interesantes de nuestra herencia hispánica, por el cual el hombre desafía auténticamente a la muerte, encarnada en la bravura del toro de lidia, creando un espectáculo único por su emoción y belleza, con el que se reivindica el valor supremo de la vida. 

La relación entre hombre y toro bravo se remonta al origen de los tiempos. La presencia singular y misteriosa del toro se encuentra en las culturas mediterráneas más antiguas, así como en aquellas surgidas en el Medio Oriente y el África, quedando registrada su magnifica estampa en las primeras manifestaciones del arte, las ceremonias religiosas, las guerras y muchas expresiones culturales que se conservan en la memoria de los pueblos.

El toro aparece en la iconografía antigua como la descubierta en la ciudadela turca de Catal Huyuk (7,000 a.C.). Para la civilización egipcia el toro y la vaca simbolizan la fecundidad y fertilidad de la población campesina; su culto fue vinculado al de los dioses y su alta relevancia comprobada en las ceremonias fúnebres. El Palacio de Minos en Creta, conserva imágenes de la ejecución del salto mortal en la testuz de un toro. En la Acrópolis de Tirynto un muro contiene frescos que también muestran el salto sobre un bóvido salvaje, escena que se repite en la vasija proveniente de la tumba de Vafio en el Peloponeso. El toro alcanzó grado mitológico con las leyendas sagradas del Rey Minos y del Rapto de Europa, que influyeron sobre el resto de la cultura griega.  Durante el Imperio Romano, los juegos del toro tuvieron trascendencia como diversión y objeto de culto, inclusive el emperador Julio Cesar alanceó toros, probablemente uros, como da cuenta en sus memorias reunidas en sus Comentarios de la Guerra de las Galias o Comentari de Bello Galico.

En Santander, la cueva de Altamira (11,000 a.C.) muestra la presencia del bisonte (animal similar al toro pero de menor bravura) en la temprana Iberia. La estela labrada de Clunía en Burgos, representa una escena de lucha taurina. Los Toros de Guisando en Ávila, esculpidos en granito, tuvieron un poder mágico para la protección de la especie, según la creencia popular. Muy cerca, en el sur de Francia, la cueva de Lascaux conserva imágenes del uro, animal procedente del oriente al que se le atribuye la paternidad del actual toro de lidia.

José María Moreiro ha recogido las teorías más relevantes que pretenden establecer el origen de la tauromaquia en las civilizaciones antiguas. La tesis romana se levanta sobre la gran difusión recreativa que tuvieron los juegos del toro durante el imperio y, sobre todo, su semejanza con algunas suertes taurómacas que se practicaron en siglos pasados.

La tesis árabe parte de la teoría, en verso y prosa, de Nicolás Fernández de Moratín que indica que los primeros en luchar con toros fueron los moros de Toledo, Córdoba y Sevilla; sin embargo, los vestigios primitivos y las leyendas populares prueban que la actividad taurina es anterior a la ocupación árabe.

La tesis española surge de los descubrimientos arqueológicos en la península ibérica y sostiene que el culto al toro se desarrolló libre de influencias externas. Muchos de quienes propugnan esta tesis también sostienen la continuidad de la raza bovina que habitó el territorio en tiempos remotos, para así consolidar el vínculo entre los vestigios prehistóricos y la actual corrida de toros.

En mi opinión, las tres explicaciones comparten el mismo defecto que les resta validez. Ninguna es capaz de explicar cabalmente la continuidad de la actividad taurina a través de la historia, entendida como la concatenación de sucesos conexos que debe existir entre aquellas manifestaciones arcaicas y la actual corrida de toros, que como tal, se conoce a partir de la Edad Media.

Tal vez, los estudiosos deban volver su mirada hacia el toro bravo y su evolución, principalmente, en aquellas épocas en las que poco se conoce de su relación con el hombre. Si bien no existen investigaciones que traten con profundidad la supervivencia del toro de lidia a través de la historia, si se conoce que las especies bravas derivadas del genero bos tauros primigenium, como el uro, que habitaron Europa y otras latitudes, fueron exterminadas de la faz de la tierra entre los siglos XIV y XVII, por constituir su depredadora fiereza, verdadera amenaza para la raza humana. Entonces ¿Por qué en España el toro de lidia subsistió mientras desaparecía del resto de Europa ?

Siguiendo la tesis del periodista José Alameda, el toreo moderno tal como lo conocemos hoy en día empieza a fraguarse en la Edad Media, a partir de las prácticas militares que realizaban los caballeros y los señores feudales. El contexto social fue la Guerra de Reconquista Española, iniciada en el s. VIII d.C. por los pueblos ibéricos para expulsar a los invasores árabes de la península y que tuvo una duración aproximada de ocho siglos. Esta guerra no fue una lucha continúa sino una sucesión de muchos enfrentamientos entre los cuales se sucedieron muchaas treguas. En estos recesos, que podían durar decenas de años, era imperativo mantener en forma a la caballería, principal fuerza de combate de la época.  

Durante las treguas de la Guerra de Reconquista Española se organizaron grandes torneos para la caballería, prevaleciendo el toro sobre otras especies como el lobo o el jabalí, por ser aquel mejor simulador bélico. La función militar del toro trajo dos consecuencias que serían decisivas para la aparición ulterior de las corridas de toro: Propició la gran concentración y crianza del toro bravo en la península ibérica, cuando era eliminado del resto de Europa; y, permitió la aparición de un grueso cuerpo pajes, chulos y demás hombres capacitados para asistir a los caballeros en sus torneos y entrenamientos, siempre bajo la sombra imponente de la cabalgadura. 

La expulsión de los árabes de la península a mediados del s. XV causó la decadencia irreversible de la caballería que en los siglos subsiguientes perdería su funcionalidad y privilegios. La colonización americana y las guerras de naturaleza religiosa emprendidas contra los galos, los protestantes y los turcos en el s. XVI, no impidieron la extinción de la nobleza montada, pues la condición y magnitud de estos conflictos no guardaba proporción con los sostenidos durante ocho siglos.

José Alameda sostiene que para ese entonces el toreo a la jineta se encontraba quebrado y las grandes cuadras de caballos arruinadas.  Sin embargo, el toro bravo, raíz de la fiesta, seguía ahí, plantado en el plexo solar de España. Y frente a él estaba el pueblo integrado por chulos y pajes preparados para la lidia.  Así, el pueblo llano y el toro van a hacer la fiesta. El toreo de a pie se convierte por obra popular en la nueva forma de la vida social del español.  De esta forma, la lidia de toros pierde su condición militar primigenia para formar parte de la vida festiva española.

Pero el toreo de a pie que surge en el siglo XVI difiere mucho al que hoy admiramos en la plaza. Por citar algunas diferencias, la lidia se practicaba en espacios públicos, la faena era ciertamente confusa pues no estaba organizada en tercios, gravitaba sobre la suerte de varas y no existía la muleta. Muchas son las suertes que gozaron de gran aceptación en aquella época y que luego se perdieron por falta de práctica y exigencia. A guisa de ejemplo, algunas de las suertes caídas en desuso son el despeño de toros, la suiza, la lanzada a pie, los salto al tras cuerno y a la garrocha, el uso de perros, el monta toro, el desjarrete y la media luna.

En este breve repaso evolutivo, el aporte del celebre matador Francisco Montes "Paquiro" es de suma trascendencia en la medida que su obra Tauromaquia Completa (1), publicada en 1836, constituye el primer intento coherente para ordenar la lidia, atribuyéndosele el diseño primitivo de la actual corrida de toros.  A partir de la publicación de la obra y con el aporte, principalmente, de Antonio Carmona "El Gordito", notable impulsor del tercio de banderillas, y de Francisco Arjona "Cúchares", a quien se le atribuye la paternidad del toreo de muleta que hoy gobierna en las plazas, el espectáculo ira organizándose, reglamentándose, hasta llegar a la actual corrida de toros.

En síntesis, el origen de la tauromaquia o arte de lidiar reses bravas, es auténticamente hispano y profundamente popular. Es una obra espontanea, colectiva y progresiva que el pueblo ha forjado a través del tiempo, dotándola de su espíritu y sus señales de identidad, que en buena medida son de los componentes más atractivos del hondo espectáculo que hoy tenemos.


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(1) Se presume que con su nombre apareció en el año 1836 la célebre Tauromaquia Completa, obra del crítico taurino Santos López Pelegrín, Abenámar, y que es considerada la más importante preceptiva taurina de todos los tiempos.


jueves, 16 de noviembre de 2006

ARTÍCULO EN "OLE Y OLE: "SUERTE DE VARAS: LA LECCION DE JAVIER CONDE EN LIMA"



                                                Por Jaime de Rivero B.

En la cuarta corrida de la Feria del Señor de los Milagros de 2004, muchos criticaron la labor de Javier Conde en la suerte de varas del quinto de la tarde, un manso de Jerónimo Pimentel que fue picado en la querencia de la puerta de toriles. Al malagueño se le atribuyó un supuesto desorden o “herradero” por el desplazamiento del picador de turno por el ruedo, en la creencia equivocada de que sólo se debe picar en el sector opuesto a los toriles.

Para evaluar lo ocurrido hay que recordar que durante la suerte de varas permanecen en el ruedo dos picadores “de tanda” que actúan por orden de antigüedad, picando el primer toro el de más remota alternativa. Del caballista que realiza la suerte se dice que es el “de turno” y del que no interviene se dice que “hace puerta”, pues se sitúa frente al portón de caballos. También hay que recordar que cada toro tiene su propio comportamiento que es único, incierto y variable. Por ello, la reglas de la lidia no son dogmas inmutables, sino principios esenciales que deben adecuarse a cada burel. Este axioma de la tauromaquia se aplica plenamente a la suerte de varas y a la elección del terreno para llevarla a cabo.

Los reglamentos taurinos no precisan un lugar exclusivo para esta suerte, sólo impiden practicarla en un área delimitada por dos circunferencias concéntricas trazadas sobre la arena. El reglamento que rige en Acho prohíbe citar al abrigo de las tablas y pasado el circulo de mayor diámetro. Se colige que es posible picar en cualquier otro sector del redondel, siempre que no se rebase estos límites.

Antiguamente, la suerte de varas se verificaba cerca de la puerta de toriles y a pocos metros de la barrera, donde aguardaban hasta tres picadores.  Este criterio fue variando desde las últimas décadas del siglo XIX –coincidiendo con los progresos en la selección ganadera y la crianza orientada hacia la nobleza del toro- para caer en el saco de la obsolescencia con la imposición del peto a los caballos en 1928 y el reglamento español de 1930.

Desde entonces ha prevalecido la tendencia de picar lo más apartado de toriles, lugar que se llama “contra querencia de toriles”. El objeto es darle oportunidad al bravo de mostrar su casta acudiendo a pelear en contra de una de sus querencias naturales: la puerta por donde salió al ruedo -a la que generalmente regresa para protegerse o intentar escapar. Pero como la conducta animal no sigue reglas fijas, también hay toros que se niegan a pelear en esa contra querencia. En este caso, se debe picar en otros terrenos; el diestro debe apelar a sus conocimientos y como director de lidia, ordenar al picador “de turno” trasladarse al lugar que considere adecuado para consumar la suerte. Y que los puristas no protesten porque nuestra normativa le otorga poderes suficientes, mientras que la española le asigna en forma expresa la facultad de fijar donde se pica a cada astado.

En este punto debo decir que el planteamiento de la suerte de varas tiene relación con la ubicación de las puertas de las plazas. En las mayoría de cosos modernos (sobre todo los construidos en el s. XX) la puerta de caballos es aledaña a toriles, de modo que en la lidia los montados mantienen posiciones antagónicas: el “de turno” en contra querencia y el que “hace puerta” próximo a toriles. 

Sin embargo, en otras plazas la suerte se propone de distinta forma debido a la situación de las puertas. En la plaza de Arlés en Francia, la puerta de caballos es opuesta diametralmente a la de toriles. En las corridas ordinarias, el que “hace puerta” se coloca en la puerta de caballos que es contra querencia, mientras que el caballista “de turno” pica a la mitad del arco del ruedo ovalado, en la zona de sombra y más cerca a los toriles. Esto varía en las corridas concurso de ganaderías, en las que solo actúa  un varilarguero que ahora si pica en contra querencia, delante de la puerta de caballos.

En Acho se han aplicado ambos criterios. Hasta hace unos años era usual picar a la sombra de los tendidos 4 y 5 que no es contra querencia de toriles, pero si lugar opuesto a la puerta de caballos. Últimamente, se hace en la contra querencia de toriles (tendido 8), que al estar cerca de la puerta de caballos, provoca que el que “hace puerta” no se emplee en el pórtico, sino a unos metros, bajo el tendido 13 de sol y sin llegar a contraponerse al “de turno”.

Lo que si es regla en todas las plazas es la posición que adopta el picador que “hace puerta” cuando el “de turno” cambia los terrenos fijados inicialmente: el caballista abandona la puerta de caballos o el lugar que ocupe, para trasladarse al sector opuesto al que adopta el “de turno”. Así también lo recoge el reglamento español, y en la misma línea, el mexicano.

En Lima, Javier Conde dirigió la lidia con acierto. El toro de Pimentel, luego de acudir al picador “de turno” Benito Quinta en la contra querencia de toriles, salió escupido tras recibir un picotazo en el anca, anunciando su rechazo por ese lugar.  Ante la dificultad para colocarlo nuevamente, el malagueño optó por cambiar de terrenos. Ordenó al “de turno” trasladarse hacia los tendidos de sol, andando con el lado derecho de la montura hacia tablas (sentido inverso al de las agujas de reloj, que es lo correcto), mientras que el peón de brega conducía al toro en esa dirección. En forma simultánea, el segundo picador dejaba la puerta de caballos para ocupar su nueva posición: el extremo diametralmente opuesto al que ocuparía su par del castoreño, situándose finalmente bajo el tendido 8.

Conde dirigió con acierto la lidia, tanteó los terrenos hasta hallar los propicios. Frente al tendido 15, el toro embistió y empujó al penco hasta el tendido 2, algo inimaginable minutos antes cuando huía de la contra querencia. El manso no fue bueno, pero mejoró nítidamente luego del primer tercio en que cambió de actitud y aceptó la pelea. En banderillas persiguió al peonaje y con la muleta tuvo fijeza y prontitud, pero la sosería propia de su poca casta provocó su rápido declive. 

Durante la suerte de varas no hubo desorden sino lidia, el toro no anduvo suelto por la arena dando oleadas, yendo o viniendo de los caballos o tomando capotazos innecesarios. En todo momento tuvo a su lado a un peón que controló sus embestidas, probando terrenos hasta encontrar el adecuado para que el picador en turno ponga la vara. 

La dirección de la lidia abarca la elección del lugar para ejecutar las suertes y su posible modificación. Conde dio en Lima una lección – casi desapercibida- de buena dirección de lidia.”No hubo ningún desorden, por el contrario, hubo mucho orden”, declararía luego de la corrida Javier Conde.

miércoles, 16 de agosto de 2006

sábado, 7 de enero de 2006

ESCUELA TAURINA DE VERANO EN EL CLUB "LAS PALMAS" DE ASIA

Este proyecto lo realice con apoyo de la directiva del Club Las Palmas, especialmente de Alvaro Muñiz y el Sr. Romero, para incentivar la afición en la gente joven que veranea en Asia y que siempre asiste masivamente a la tradicional corrida de Sábado de Gloria que acaba de conmemorar 25 años de haber sido instaurada.